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Este fin de semana se ha inaugurado la tercera exposición pictórica organizada por la Asociación Sigüenz(A)rte, en esta ocasión dedicada a Máximo Robisco.

La muestra la componen 35 cuadros de este pintor seguntino, originalísimo y comprometido con la pintura de vanguardia, cuyo trabajo enlaza con la trayectoria del Grupo El Paso y del Equipo Crónica. En su mayor parte son óleos sobre tabla.

María Jesús Merino, presente en la inauguración, como ya lo había estado en las dos anteriores (Teresa García y Emilio Fernández-Galiano) además de reiterar la necesidad de seguir las normas de seguridad antiCOVID19 en la visita a la muestra, y en general en la vida social, “si no queremos volver a la casilla de salida”, dio las gracias a Sigüenz(A)rte por su iniciativa, “que está siendo, para muchos, una magnífica forma de conocer el arte seguntino” y subrayó la excelente disposición de la familia Robisco, dando facilidades para llevar a cabo la retrospectiva. La alcaldesa calificó el ciclo de 'Pictórica' como un acto más de la celebración del IX Centenario de Sigüenza y como un realce de la candidatura a Patrimonio Mundial. “Como siempre digo, la meta está en el camino”, señaló.

Ana Blasco, concejala de Cultura, destacó la trayectoria pictórica de Máximo Robisco. “Él es la vanguardia de Sigüenza”, dijo, y recordó su vinculación con el Grupo El Paso, “generador de la contracorriente cultural que necesitaba España entonces” y destacó la expresividad de sus pinturas negras. Integrantes de aquel Grupo, creado en 1957, fueron los pintores Rafael Canogar, Luis Feito, Juana Francés, Manolo Millares, Manuel Rivera, Antonio Suárez, Antonio Saura y el escultor Pablo Serrano. Junto a estos artistas formaron parte del grupo los críticos de arte José Ayllón y Manolo Conde. En el año 1958 se incorporaron también los artistas Martín Chirino y Manuel Viola.

Javier Fúnez, responsable por parte de la asociación Sigüenz(A)rte de 'Pictórica', mostró su agradecimiento al Ayuntamiento, por la colaboración y patrocinio del ciclo, y a la familia. Y, como había hecho Blasco, recordó su vinculación con el Grupo El Paso, añadiendo también la que tuvo con el Equipo Crónica y subrayando su aportación, y puso sobre el tapete la que tuvo también con otro ilustre seguntino, como Antonio Pérez. Amigo personal del desaparecido pintor, Javier Fúnez afirmó que Robisco “dominaba Sigüenza, con su mirada pictórica, desde El Torreón, desde su atalaya”, dijo.

Por último, su sobrino, el escritor Julio Robisco leyó una maravillosa semblanza de su tío en el que lo describe como pintor, desde la estima y el conocimiento personal.

Sobre Máximo Robisco

Bohemio, autodidacta y rebelde, tuvo una relación especial con los componentes del grupo “El Paso”. Realizó su primera exposición individual en Madrid, en 1959.

El pintor pastor, como se le definía entonces, compaginaba su vida laboral con tertulias artísticas, y asistía a exposiciones de pintores que admiraba, sitios donde la soledad de su alma impar se hacía acompañar por las vanguardias.

Esa soledad y la disciplina autoimpuesta para sostener la voluntad creadora hizo que se alejase de las galerías que deseaban exponer su obra. Así, Máximo se reconvirtió en lo que podíamos llamar un eremita. El rumor de la fuente de los cuatro caños o el tañer de las campanas de la parroquia de Santa María, sustituían al silencio o la paz de las montañas necesarios para conseguir ser más libre consigo mismo.

Una voz interior le decía que vale la pena vivir, pero no de cualquier manera. Esa profunda revolución de su personalidad le hizo ponerse en marcha, que era un quedarse parado delante del lienzo en actitud contemplativa.

A veces por el paseo de la Alameda o por las travesañas, vagaba como un poeta apático recogiendo por las esquinas las sombras de sus dudas. Era cuando Máximo necesitaba salir de su manera de ser viendo con sus propios ojos los cuadros que daban razón a su manía pictórica, o tener charlas con los pintores cuyas obras le quitaron el miedo a buscarse y ser él mismo. Por eso no le importaba acercarse a París para respirar la geometría de Picasso o cruzar toda Europa para llegar a San Petersburgo, donde exponía Kandinsky. Otro día sintió más que nunca viva su aventura prodigiosa cuando mantuvo una charla con Miró.

“Cuando regresaba de esas excursiones traía consigo el tesoro de una miranda reciente y alegre, y si te fijabas un poco, merecía la pena pararse para tomar un cubata con él para oír como latía el color azul , notar la frescura del blanco, o sentir el aroma de cualquier otro color entre el chocar de los vasos o la fragilidad de una conversación”, dijo su sobrino.

Si al principio de su carrera pictórica se le conocía como el pintor pastor, al final de sus días los pocos que lograron entrar en su santuario en el torreón, le llamaban el pintor de las mil caras, debido a los numerosos dibujos o cuadros que tiene sobre ese tema. En la pintura moderna, y sobre todo con la aparición de las vanguardias, el parecido del retrato artístico con el retratado deja de ser un criterio definidor. Es difícil que la pintura pudiese competir con el hiperrealismo que produce la fotografía, eso hizo que el artista quedase libre para explorar vías abstractas más allá de la imitación de la realidad.

En sus más de mil retratos o caras, Máximo camina su propio itinerario, constituyendo una patria donde sus caras coexisten con la desfiguración que se perciben en los rostros del cubismo de Picasso o en los rostros disgregados de Duchamp, o en los retorcidos de Bacon.

“Máximo fue una hoguera en el arrabal seguntino, un hombre que dedicó su vida a no estafarse, un pintor que admiró el lujo excesivo de hacer un buen cuadro. En definitiva, para quien lo conocimos, Máximo Robisco fue quien quiso ser, el pintor pastor que hizo toda su vida cuadros como si fuesen las hojas escritas que van pasando en la novela de la vida”, terminó Julio.

 

 

 

 

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