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En 1985, Don Aguillard, profesor de ciencias en Lafayette, Luisiana, firmando a la cabeza de un grupo de profesores, estudiantes, padres, científicos y algunos clérigos, llevó a tribunales al Estado de Luisiana, representado por su gobernador, por una cuestión de constitucionalidad. La “Ley para el tratamiento equilibrado entre la Ciencia de la Creación y la Ciencia de la Evolución” (1) (conocida por ley del “tratamiento-equilibrado”) había sido aprobada por la Legislatura Estatal de Luisiana en 1981, y obligaba al estudio, en las aulas públicas, del creacionismo como un contenido científico más. Aparte del detalle instructivo de que en los Estados Unidos de América un profesor de secundaria, o cualquier hijo de vecino, puede llevar una ley a los tribunales ordinarios —no como en España que hace falta un partido, con no sé cuántos diputados y no sé que más— por la simple razón de que allí la constitución está para lo que sirve una constitución, que es proteger los derechos de los ciudadanos —no los intereses de ningún partido—, el caso nos lleva a la interesante historia del neocientifismo teologista, que vuelve a resurgir como veremos al final.

Primera enmienda de la Constitución.

La Primera Enmienda de la Constitución norteamericana incluye las llamadas “Cláusulas de Religión”, que garantizan la separación efectiva entre religión y estado. Prescriben que no se podrá promulgar ninguna ley “con respecto al establecimiento de la religión o que prohíba la práctica libre de la misma”. La primera parte es la llamada “cláusula del establecimiento”, que impide que el estado sea confesional o que favorezca una religión sobre otra; la segunda es la “cláusula de la práctica libre”. Durante buena parte del siglo XX estuvieron en pugna en Estados Unidos las visiones respecto al origen del ser humano comandadas por la ciencia, y dentro de ella por la evolución, con las formas de pensar predarwinianas, defendidas por fundamentalistas cristianos, anclados todavía en aquello del Génesis bíblico. Estos últimos consiguieron prohibir la enseñanza de la evolución en las escuelas atendiendo precisamente a la “claúsula del establecimiento”. Cuando ya era absolutamente palmario que el hecho evolutivo era un componente insoslayable de la ciencia, se empezó a estudiar a Darwin y la síntesis evolutiva en las escuelas. Era ya la década de los 60. Pero los fundamentalistas no habían dado su brazo a torcer. De hecho, el juicio al que nos referimos en este artículo, el llamado caso “Edwards contra Aguillard” (2) no fue sino parte de un movimiento más amplio. En Arkansas unos años antes ocurrió algo parecido, que no superó la primera instancia (3). Además de otros episodios relacionados de los años 60 y 70.

Corte Suprema, Washington D. C.

El fallo de la Corte Suprema y todo lo que rodeó al juicio que referimos constituye una interesante lección sobre ciencia y fe. Bajo la figura del ‘Amicus Curiae’, que viene del derecho romano, un gran conjunto de científicos prominentes, además de quince academias científicas representadas, entregaron motu proprio al tribunal un documento que podría servir perfectamente, en algunas de sus partes, como introducción a cualquier texto de métodos o filosofía de la ciencia (4). Entre los firmantes había 72 premios nobel, nombres como Watson y Crick (descubridores de la doble hélice del ADN), Severo Ochoa (que descubrió el código genético, la traducción del ADN a proteínas), Luis W. Álvarez (que demostró, junto a su hijo, la caída del asteroide de hace 65 Ma), Arno P. Penzias y Robert W. Wilson (descubridores de la radiación de fondo de microondas, que demuestra el Big-Bang), S. Chandrasekhar y W. A. Fowler (astrofísicos que sentaron las bases de la evolución estelar), entre otros autores de algunos de los descubrimientos más importantes del siglo XX. El texto de estos “amigos de la corte” terminó por convencer con muy bien hilvanados argumentos de que, efectivamente, el creacionismo, que no puede ser comprobado mediante ninguna observación tangible del mundo real, no tenía que ver nada con la ciencia, sino con la fe, y que por tanto su implantación en las escuelas públicas iba directamente contra la “cláusula del establecimiento”, que prohíbe la confesionalidad del estado y su preferencia por una religión concreta.

Los creacionistas habían estado preparando libros de texto de “ciencia de la creación” para, en caso de ganar las causas, difundirlos por todo el país en cuanto se sentara jurisprudencia (con las consiguientes ganancias, of course, this is America...). En particular, había un texto que circulaba como borrador, de título “Creation Biology Textbook Supplements” (1983), pensado en un primer momento para colarlo como suplemento junto a la enseñanza de la evolución; texto que, viniéndose arriba, retitularon “Biology and Creation” (1986), pero que fue finalmente publicado como “Of pandas and people” (“Sobre los osos panda y la gente”) (1989) (5) para evitar la palabra “creación”, que había quedado tachada jurisprudencialmente como religiosa por el fallo sobre Luisiana (dado en 1987). Hay que tener en cuenta que en las escuelas privadas se puede enseñar lo que se quiera respecto a las religiones, el libro valía perfectamente para escuelas confesionales, pero si quitas impedimentos innecesarios, el mercado, tanto el económico como el del proselitismo, se amplía. En el texto del libro, además, se sustituyó toda referencia a “creación” por la expresión “diseño inteligente”. Esta técnica para intentar esquivar la justicia tendría un importante efecto. Ya que, con la expresión, quedó bautizado todo un movimiento incipiente, que empezaba a coger forma entonces, aunque tendría su máxima expresión durante los años 90: el del llamado “diseño inteligente”. Primer teologismo neocientificista de la historia reciente.

El libro “Sobre los pandas y la gente”.

Michael Behe era (y es) un bioquímico de la Universidad de Lehigh, en Bethlehem (Belén), Pensilvania. Tras leer el libro de Michael Denton “Evolución: una teoría en crisis” (1985) (6) se había empezado a cuestionar algunos aspectos de la teoría de la evolución biológica. En la edición de 1993 de “Sobre los osos panda…” fue invitado a escribir un capítulo, en el que enunciaría por primera vez su idea, que desarrollaría y nombraría definitivamente más tarde, de la “complejidad irreductible”. Concepto que aquilataría en su libro de 1996 “La caja negra de Darwin” (7) y que fue inmediatamente aplaudido por el gremio de los “científicos de la creación” como si se les hubiera aparecido el Santo Grial.

En realidad se trataba de un argumento antievolucionista de la vieja escuela, que ya había sido refutado en tiempos de Darwin, cuando se hablaba de la extrema complejidad del ojo de los vertebrados y su imposibilidad de que pudiera surgir sin que alguien lo hubiera diseñado antes. En las discusiones del siglo XIX se comparaba el ojo con la maquinaria de un reloj, y al diseñador celestial del primero con un relojero, todo un clásico de la historia de la biología (8). La cuestión es que ahora nos íbamos de lo macroscópico a lo más diminuto, que había sido inaccesible hasta hacía poco, desplegándose paulatinamente durante el siglo XX con el avance de las técnicas de laboratorio: la química interna de los seres vivos. Argumentaba Behe que ciertas moléculas grandes y sus rutas metabólicas eran tan complejas que no podían proponerse pasos intermedios para llegar a ellas por evolución: debían conseguirse de golpe. Dando el salto —que en realidad no se sigue— a que tenían que ser prediseñadas, se supone que por alguien con intelecto para hacerlo. Volvíamos al siglo XIX. Y la refutación inmediata era la misma: una cosa es que a ti no se te ocurran pasos intermedios, lo cuál puede ser por falta de imaginación o, si somos generosos, porque todavía no tengamos datos suficientes de ejemplo para ayudar a imaginarlos, pero eso no significa que no existan. Exactamente igual que pasó con el ojo casi siglo y medio antes. Esta antigualla vestida con nuevos ropajes de la “complejidad irreductible” fue el intento más firme de los seguidores del “diseño inteligente” para intentar hacer pasar lo suyo por ciencia. La cosa, intelectualmente, no dio para más.

La Creación, según una IA.

Pongo el ejemplo de Behe, católico para más señas —no todos son evangélicos con la típica sobredosis literalista de textos sagrados, aunque sea el tipo predominante—, pero podríamos citar a otras figuras fundacionales de este movimiento como William A. Dembski, matemático y teólogo, autor de varios libros sobre el tema; o a Phillip E. Johnson, jurista en la vida real y juez de científicos en sus ratos libres, autor de “Darwin on Trial” (1991) (“Juicio a Darwin”); o a Thomas E. Woodward, teólogo y también autor sobre el mismo tema. El movimiento, totalmente desacreditado científicamente, se mantiene con fuerza a día de hoy gracias a una mezcla de donaciones particulares y mecenazgos varios, aparte del propio negocio que generan con su actividad e infraestructuras (textos, material audiovisual, museos de la creación, de los que hay más de 20 actualmente en Estados Unidos, etc). Pero hay que señalar que para ellos lo menos importante es explicar científicamente la vida en la Tierra. La ciencia, en realidad, les da completamente igual. Su objetivo es extender sus creencias. Se organizan en “lobbies” para su labor apologética, que es como debemos calificar su actividad sin ninguna duda, mientras ejercen presión en las instituciones para sus fines (9). Entramados como el ‘Discovery Institute’ o el ‘Institute for Creation Research’ son sus paraguas intelectuales, organismos pseudocientíficos en el sentido pleno del término: supuesto campo de conocimiento que se publicita como ciencia, pero que de ella, ni de sus métodos, ni de sus principios, ni de sus resultados, no tiene ni un pelo. Y que, en no pocos casos, y este es uno de los más obvios, oculta sus verdaderos intereses, que no son el conocimiento objetivo, utilizando como disfraz el prestigio de la ciencia.

Web del ‘Institute for Creation Research’.

La “teoría” o más bien ideíta del diseño inteligente —creacionismo decimonónico, sin más—, a pesar de todos sus ríos de tinta reflejados en múltiples libros, charlas, mesas redondas e incluso cursos, fue desde el principio completamente ninguneada como cuerpo doctrinal por la comunidad científica, no digo rebatida ya que nada nuevo aportaba a lo ya refutado sobradamente (10). Ha habido científicos que se han entretenido en poner los puntos sobre las íes, como era de esperar, aunque solo fuera por hacer ejercicio argumentativo (con un ‘sparring’ poco consistente, la verdad). Pero lo importante es que fue un ejemplo que creó una pauta: tomar los nuevos descubrimientos sobre la naturaleza surgidos gracias a los espectaculares avances técnicos del siglo XX y “releerlos” para intentar su aplicación con fines teológicos o de justificación sobrenatural. Y en esas estamos.

En los últimos dos o tres años ha empezando a proliferar cierta especie de autores más o menos mediáticos que están tomando los avances de la física y de la biología, o incluso de las matemáticas, para retorcerlos e intentar hacerlos encajar, a martillazos, en sus creencias. Este nuevo movimiento cientificista-teológico, que no es otra cosa que la generalización del “diseño inteligente” a otros campos más allá del evolutivo, ya no se circunscribe al loco mundo norteamericano, tan fértil en su diversidad de ideas, incluidas las más pintorescas, ni siquiera al anglosajón. Ha llegado a los principales países de Europa, también al nuestro, donde todas estas cosas siempre las hemos visto como extravagancias norteamericanas. No merecerían más atención de la que merece cualquier pseudociencia, si no fuera porque, como nunca antes en la historia, es muy posible que la jerga cientificista que usan, alimentada por la abundancia de novedades en el conocimiento de los últimos cincuenta años, sobre las que se explayan con tan aparente como falsa autoridad, acabe por engañar a muchos. Estos autores/embaucadores, de aparente nuevo cuño pero tan desfasados como la “Teología natural” de William Paley, no soportan el más leve análisis de sus argumentos, que afloran completamente desnudos en toda su obsolescencia en cuando se aparta el barniz cientificista que intenta embadurnarlos. Pero quizá haya que hacer un esfuerzo por contestarlos. Como llevamos haciendo en Europa desde los antiguos griegos y desde la Ilustración. Porque aunque el oscurantismo antediluviano, nunca mejor dicho, hace tiempo que lo tenemos superado por estos lares, la importación acrítica de lo irracional, seguida de su normalización, siempre han sido el mayor peligro para la supervivencia y el avance de lo civilizado.

Julio Álvarez Jiménez, 1/7/2026

NOTAS

(1) ‘Balanced Treatment for Creation-Science and Evolution-Science Act’, Louisiana State Legislature, Act 685, 1981.

(2) Edwin Edwards era el gobernador de Louisiana cuando el caso llegó al Supremo, de ahí la denominación. https://en.wikipedia.org/wiki/Edwards_v._Aguillard

(3) ‘Balanced Treatment for Creation-Science and Evolution-Science Act’, Arkansas General Assembly, Act 590, 1981, y caso ‘McLean v. Arkansas’, en esta ocasión los demandantes contra la ley fueron padres, organizaciones religiosas, biólogos y diversos particulares, entre ellos el reverendo W. McLean, cristiano metodista, o el obispo K. Hicks, entre otros religiosos presbiterianos, metodistas, episcopales, judíos, etc. Lo cuál demuestra que no todo religioso en Estados Unidos es enemigo de la ciencia, como no podía ser de otro modo.

4) ‘Edwards v. Aguillard: Amicus Curiae Brief of 72 Nobel Laureates’ https://talkorigins.org/faqs/edwards-v-aguillard/amicus1.html

 

(5) Davis P & Kenyon DH. 1989. ‘Of Pandas and People: The Central Question of Biological Origins’. https://en.wikipedia.org/wiki/Of_Pandas_and_People El título parece inspirado por el exitoso “El pulgar del panda” (1980), de Stephen Jay Gould, un maravilloso texto sobre la evolución de las especies de uno de los mayores divulgadores científicos de la historia.

 

(6) Michael Denton. 1985. Evolution: A Theory in Crisis. https://en.wikipedia.org/wiki/Evolution:_A_Theory_in_Crisis

 

(7) Michael J Behe. 1996. ‘Darwin's Black Box: The Biochemical Challenge to Evolution’. https://en.wikipedia.org/wiki/Darwin's_Black_Box

 

(8) Para un repaso histórico a esta cuestión y su completa refutación moderna véase el libro de Richard Dawkins “El relojero ciego” (1986), https://es.wikipedia.org/wiki/El_relojero_ciego

 

(9) Véase la “estrategia de la cuña”, promovida por el Discovery Institute: https://es.wikipedia.org/wiki/Estrategia_de_la_cuña

 

(10) Los pertinaces creacionistas todavía provocaron un juicio más, el caso ‘Kitzmiller v. Dover Area School District’ o “juicio de Dover”, muy sonado en su día (2005). En este caso se había intentado colar la creación en las escuelas públicas bajo la nueva etiqueta de “diseño inteligente”. La corte consideró que el “diseño inteligente” no era una noción científica, sino religiosa y equivalente a “creación”, por lo que el asunto quedó de momento zanjado… mientras no inventen otra forma de llamar al más de lo mismo.

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