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  • Julio A. comentó el Domingo, 05 Julio 2026 09:52
    Hola, Jesús. Muchas gracias por leer y por comentar, lo primero. Yo creo que sí hubo un tiempo en el[…]

El arquitecto, por el propio contenido de su profesión, suele considerar las artes plásticas como una extensión de su actividad principal, el diseño y ejecución de inmuebles, máxime cuando nuestra época valora la creatividad de los proyectos y su posibilidad de marcar tendencias.

Desde el Renacimiento, el estudio y conocimiento de tres campos artísticos, la escultura, la pintura y la propia arquitectura, vienen considerándose la base de una buena preparación para el ejercicio de cualquiera de ellos.

O de todos.

Además, la responsabilidad del arquitecto ante la creación de un inmueble, algo útil, sólido, que obedece a reglas estrictas si desea perdurar, le obliga a ejercitarse en una serie de destrezas prácticas al servicio de una concepción teórica: el conocimiento y selección de los materiales, junto a sus posibilidades, el modo de empleo, sus cualidades y los límites de éstas, su perdurabilidad, su aspecto final, propio o combinado con otros elementos y acabados… 

En el campo de la pintura o la escultura, las matemáticas y el control manual virtuosista se convierten en variantes selectivas, bajo los mandatos del orden, las proporciones y el equilibrio, cualidades propiciadas por ese retorno a la artesanía formulado por la Bauhaus, clave del arte del siglo XX.

Esto, que constituyen una de sus fortalezas puede al mismo tiempo ser una de sus debilidades si falta ese elemento, aparentemente irracional, que separa la producción automática, fabril y perfecta en cada módulo, esa leve huella del ser humano en su esfuerzo de convertir lo intangible en sólido y visible, creando un lenguaje que el “otro” (llamémosle espectador) pueda comprender. 

Por tanto, valorar las obras de un arquitecto en este ámbito es algo sumamente difícil, pues habrá que descubrir, bajo la perfección formal y los impecables planteamientos teóricos, si late de verdad esa llama divina y tortuosa que tan bien entendieron en su día los románticos alemanes, a las puertas de esos movimientos centenarios que aún denominamos vanguardias, que vinieron a trazar un nuevo camino en la concepción del arte sobre las ruinas de un ciclo que parecía haber llegado a su final.

De izq. a dcha. Emilio Fernández-Galiano, José Luis Pamies, Ana Blasco y Felipe Sanz.

Todo esto viene a cuento de la muestra ofrecida por José Luis Pamies, arquitecto, dentro de las actividades del grupo Sigüenza(A)rte, en la sala de exposiciones de San Roque.

Al entrar en el recinto, lo primero que llama la atención es la variedad de propuestas, todas ellas en el campo de la abstracción, como suele ser habitual en el gremio. Se aprecian ecos de maestros reconocidos, tanto nacionales como referencias básicas de los grandes movimientos: el suprematismo de Malevich, el equilibrio entre forma y colorido de Mondrian, tan cercano al mundo matemático de la arquitectura de una parte, y de otra, a la búsqueda de lo absoluto y la dosificación de las emociones, cuyo colorido, esos maravillosos contrastes de colores primarios, aparecen en algunas esculturas, mientras que sus estructuras geométricas inspiran obra plana. El racionalismo, el constructivismo, y otros muchos ismos se hallan presentes como una lección bien aprendida.

La obra de la abstracción española también está presente en el conjunto pues, si se adivina cierto eco de la Bauhaus (como no puede ser menos), también recuerda detalles de la abstracción geométrica de Pablo Palazuelo (esos juegos de blanco sobre negro y viceversa, a veces cortes y ranuras), el Op- Art, el mundo reticulado o lineal, los relieves a modo de ondas, de Eusebio Sempere (el llamado “pintor eléctrico”), incluso ese peculiar colorido verdoso y amarillo en gradación de paralelas sobre fondo negro, tan celebrado hacia 1979, momento en que Pamies presenta su primera exposición en el Molino de Sigüenza. También pueden apreciarse conexiones con la obra de Gerardo Rueda, o quizás coincidencias con el Dis Berlín de la movida madrileña, además de soluciones espaciales de un primer Miró.

En cuanto a técnicas, ofrece todo un muestrario de trabajos con diversos soportes (papel, cartón, madera, metal, áridos, ceras, metacrilato…), técnicas y acabados, variedad presente tanto en sus obras, la mayoría volumétricas y siempre dinámicas.

Podría seguir, pero es caer en cierto barroquismo, por lo que invito al visitante a que descubra por sí mismo conexiones, destellos lejanos y guiños a la primera y segunda vanguardia, esas ancianas venerables, además de un toque setentero y de movida muy nuestro, como si el autor estuviera desnudando su alma exponiendo su propio camino, un camino ya recorrido que parece haber tomado nuevas direcciones, y que merece la pena continuar.

Ahora, pasemos al campo de los gustos particulares. Con los ojos de ese espectador o espectadora que decide una tarde de verano acercarse a ver una exposición que promete ser interesante, paseamos nuestra vista por la sala, y descubrimos cómo el autor ha traducido a su propio lenguaje el bagaje cultural de lo aprendido y comprendido. 

Me interesan los estarcidos, el equilibrio de las lamas, la gradación de colores o el rojo, azul y amarillo primigenios en las pequeñas esculturas de equilibrios aparentemente inestables. Detecto juego y humor en la deconstrucción de un sillón, en una noria, en un cayado de pastor, en un robot, en un pañuelo flotante, en la incorporación de una taracea cubista, en una columna que se abre. 

Pero, luego, llega al fin la explosión de lo irracional ante una obra diferente, que me adentra en un mundo arcaico y sagrado, expresado con el lenguaje de la modernidad, que ya no es ni setentero, ni ochentero, ni actual, sino atemporal. “Puntillas de órgano”, es un pergamino de madera, hoja de cantoral con neumas metálicos, que deviene música callada y soledad sonora. 

Y más abajo, en “Dunas”, vemos un paisaje que inicia curvaturas y nuevas experiencias, alejándose de entramados y paralelepípedos, como si se acercara la tierra reclamando su lugar, y seguimos, acabando en un mosaico transparente y cambiable “por los cuatro costados”, de agua y azulejos, que inyecta en dados de metacrilato la alegría del verano, caleidoscopio de zócalos andaluces, tópico y asimismo divertido. 

Cerrando el ciclo, emerge desde ese rincón nebuloso próximo a la puerta de salida, el cartel empleado en la primera exposición, lo que me hace sospechar que quizás haya realizado el recorrido al revés, pero me da que puede contemplarse en dos direcciones.

 

 

 

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