La Plazuela en las redesVideos de La Plazuela

En el budismo, los “impensables” son una serie de ideas sobre las que no merece la pena reflexionar ya que no están al alcance del intelecto humano. Andar dándoles vueltas solo sirve para perder un tiempo valioso, necesario en el arduo trabajo hacia la liberación de lo terreno, meta superior de aquella religión o filosofía de vida. En el ‘Discurso de los impensables’ [1] el Buda afirma que:

“Pensar acerca del origen del mundo, oh monjes, es un impensable que no debería ser pensado; pensando en esto, uno experimentará aflicción y locura.”

Entre las preguntas que no se pueden contestar atribuidas a Siddharta Gautama en sus recopilaciones de discursos están si el Universo es finito o infinito, o si es eterno o no, o si el alma es o no parte del cuerpo, entre otros “impensables”. Cuántas elucubraciones estériles nos habríamos ahorrado en Occidente si los filósofos de esta parte del mundo hubieran considerado esta máxima en lugar de malgastar océanos de tinta antes de disponer de ningún dato observacional sobre según qué cosas. La cuestión es que ya no estamos en el siglo VI a.C. del Buda, ni siquiera en la Edad Media, cuando se recopilan las versiones definitivas de los textos budistas, como la magnífica colección de tablas xilográficas perfectamente conservadas en el bello monasterio de Haeinsa, Corea del Sur. No, no estamos en aquellos tiempos, es decir, antes de contar con potentes instrumentos y avances tecnológicos para la observación extensa y profunda del mundo.

Tripitaka coreana, siglo XIII, templo de Haeinsa, Corea del Sur. (Wikimedia commons)

El ‘dios de los huecos’ es un concepto filosófico-religioso que dice que, a medida que el saber humano acumulaba explicaciones científicas, lo sobrenatural iba quedando arrinconado a lo que todavía no podía explicarse con el conocimiento demostrable disponible en cada momento. En un principio, hasta el trueno tenía un origen divino. Hoy, siendo generosos, solo quedarían tres huecos: el origen del Universo, el origen de la vida y la naturaleza de la mente, llámese alma si se quiere. Coinciden en parte con los “impensables”, la diferencia es que, mientras los seguidores de Buda prefirieron ignorarlos, por aquí se designó un ente sobrenatural como explicación-comodín. Otros “huecos” hace tiempo que han sido taponados. La diversidad y complejidad de los seres vivos, por ejemplo, fueron descritas en tiempos de Darwin como resultado de un proceso puramente biológico que prescinde de toda finalidad teleológica de raíces aristotélicas. La evolución fue uno de los mayores mazazos de la historia a lo sobrenatural, enterrando para siempre la literalidad del creacionismo bíblico, por más que algunos insistan todavía a estas alturas (batalla perdida). Pero en tiempos del biólogo inglés todavía quedaba por llegar el siglo XX, periodo en el que el conocimiento sobre la naturaleza ha vivido la mayor revolución de la historia.

En 1908 una hoy casi desconocida Henrietta Swan Leavitt, adscrita al Harvard College Observatory, dedujo a partir de fotografías astronómicas que un tipo de estrellas variables, las llamadas cefeidas, mostraban unos cambios de brillo periódicos que se podían correlacionar con la distancia a la que se encuentran. Este descubrimiento sería el origen de uno de los vértigos más alucinantes que ha sufrido la especie humana en su visión del Universo. Henrietta falleció antes de que se le pudiera dar el premio Nobel, puesto en trámite demasiado tarde. Bien merecido lo tenía. Entonces llegó Edwin Hubble, que acababa de ingresar en el observatorio del monte Wilson, en Los Ángeles, California. En 1917 se había inaugurado allí el potente telescopio Hooker de 100 pulgadas (2.5 m de diámetro), un hito tecnológico para la época (fue el más grande del mundo hasta 1949). Lo que hizo Hubble fue aplicar la regla descubierta por Leavitt a cefeidas de distintas nebulosas del cielo nocturno, aprovechando la gran capacidad del nuevo telescopio, que resolvía como nunca antes los detalles de esas agrupaciones de estrellas. Lo que encontró fue que esas nebulosas estaban a distancias tan lejanas que tenían que ser galaxias externas a la nuestra. El Universo, en definitiva, se había vuelto inconmensurablemente más grande de lo que jamás se había podido demostrar hasta entonces. Recordemos al audaz Aristarco de Samos, cuando hace veinticinco siglos fue capaz de imaginar que los puntos luminosos del cielo podrían ser soles como el nuestro, solo que muchísimo más lejanos a juzgar por su diminuto tamaño visual. Aquel enorme salto, vertiginoso respecto a la concepción localista de la cúpula del cielo en su época, palidece al lado de lo que acababa de demostrar Hubble. Tras un siglo de mejoras en las técnicas de observación, hoy se estima que podría haber hasta dos billones de galaxias (dos millones de millones) solo en el Universo observable [2]. Cada una de ellas tiene una media de entre 100 y 200 mil millones de estrellas (las hay enormes, con hasta 100 billones). El telescopio espacial Kepler, lanzado en 2009, mostró que todas esas estrellas podrían tener en promedio al menos uno o dos planetas a su alrededor (ya se han encontrado algunas con 8 o 9 planetas). El “hueco” que tapa definitivamente todo este vértigo de soles, planetas y años luz, es el de nuestra singularidad en el cosmos, ya puesta en su sitio por los biólogos del siglo XIX a escala terrestre. La Tierra había perdido definitivamente el trono de centralidad en tiempos de Copérnico, pero es que ahora no quedaba ningún tipo de puesto preeminente ni siquiera para nuestra galaxia, donde nuestro sol es uno más, perdido en un brazo lateral entre una miríada de estrellas acompañantes. Este punto azul pálido, como bautizó a la Tierra el físico y divulgador Carl Sagan, y por extensión sus habitantes, habíamos sido sometidos a la mayor cura de humildad de la historia ante semejante vastedad cósmica. Y con una conclusión: demasiado desperdicio innecesario si el objetivo de todo eso era que nosotros apareciéramos. Pero entonces llegó el rescate.

Fotografía “Campo Profundo” del telescopio espacial Hubble, 1995, miles de galaxias en una sola imagen. [7]

A principios del siglo XX se pensaba que lo más plausible era considerar un Universo infinito y eterno. Es la postura intelectualmente más simple, con una tradición antigua, al menos desde los griegos. Pero una cosa es lo pensable y otra la realidad, a menudo más silvestre y desmelenada que cualquier idea filosófica perfecta y apriorística. Enseguida apareció otro gran desconocido para el gran público: el matemático y físico ruso Aleksandr Fridman. En 1922 advirtió que el Universo, según las ecuaciones sobre la gravedad de Einstein, publicadas seis años antes, se puede concebir como no estático, pudiendo expandirse o contraerse. El ruso tuvo correspondencia con Einstein, que se negaba a rechazar un universo inmóvil y eterno, sirviéndose incluso de artificios para sujetar la idea generalmente aceptada, como su famosa “constante cosmológica”. Hay que atribuir a Fridman el mérito de haber utilizado por primera vez la teoría de la relatividad en los términos indicados, cinco años antes de que un sacerdote católico, Georges Lemaître, repitiera los cálculos sin tener constancia del logro del ruso. Lemaître, profesor de física en la Universidad Católica de Lovaina, Bélgica, publicó sus conclusiones sin apenas trascendencia en 1927, dos años antes de que Edwin Hubble mostrara a la ciencia su segundo gran resultado en el monte Wilson: el corrimiento al rojo de los espectros de luz de las galaxias como prueba observacional de la expansión del Universo [3]. Rescatada por fin la matemática de los teóricos y unida a la comprobación empírica de uno de sus efectos predecibles, nació la teoría científica hoy conocida como del “Big Bang”, un título asignado por uno de sus oponentes (Fred Hoyle), partidario del Universo estático, para ridiculizarla. Lemaître había llamado a esto de “echar para atrás” las ecuaciones de Einstein la teoría del “átomo primigenio”, según la cuál el Universo se habría expandido a partir de un estado inicial de elevada densidad. El caso es que el Papa Pío XII tomó la idea al vuelo. Los rápidos avances en el conocimiento de la naturaleza se habían convertido en una poderosa maquinaria para fabricar ateos y apóstatas desde aquella jugarreta de Darwin. Pero la propia ciencia nos había dado ahora una teoría que podría inspirar la idea de un Dios creador. Y la idea venía ¡nada menos que de un científico católico, sacerdote para más gloria! En 1951, Pío XII, queriendo genuinamente ser partícipe de su tiempo, pronunció un famoso discurso [4] en la Pontificia Academia de las Ciencias, Ciudad del Vaticano, del que tomamos dos extractos:

«En efecto, parece que la ciencia actual, retrocediendo de un salto millones de siglos, ha logrado ser testigo de aquel Fiat Lux primordial, cuando, de la nada, surgió con la materia un mar de luz y radiación [...] confirmando con la concreción de pruebas físicas la contingencia del universo y la deducción bien fundamentada de que, por aquel entonces, el cosmos surgió de la mano del Creador.»

Lo primero que se aprecia, si releemos Génesis 1 y 2, es un arrimar el agua a su sardina bastante evidente. La Iglesia no ha cesado de intentar adaptar el dogma a los avances del conocimiento, entre hoguera y hoguera, desde las revoluciones científicas de los siglos XVI-XVII. Y este extenso y bien argumentado discurso es un notable esfuerzo en ese sentido. El problema es que las cosas llevadas al extremo del martillazo no siempre terminan por encajar. El propio Lemaître salió enseguida al paso de las palabras pontificias. Se trata de uno de esos casos inspiradores en la historia de la ciencia y de la religión por la claridad de ideas y la honestidad intelectual. Rápidamente hizo llegar al Papa la sugerencia de que no era lícito hacer inferencias religiosas a partir de los resultados de la física cosmológica. Que ciencia y fe eran materias separadas e independientes. El Papa, tras esta advertencia, no volvió a tocar el tema. Lemaître fue popular en su época gracias al aura que le proporcionaba esa doble naturaleza de científico y sacerdote en un momento de ebullición de la ciencia, a la que él mismo había contribuido de manera brillante. En distintos medios fueron haciéndose explícitas sus ideas sobre ciencia y fe: “Es completamente impensable reducir al Ser supremo al nivel de una hipótesis científica”; “No existe ningún conflicto entre religión y ciencia que reconciliar” [5]; etc. No solo buscaba la coherencia intelectual. Lemaître mostró también su preocupación por el daño que pueden hacer los falaces argumentos cientificistas a la fe verdadera [5]. Coherencia científica y religiosa en un mismo paquete.

Georges Lemaître con el Papa Pío XII.

No es verdad que el “Big Bang” pruebe o permita deducir nada acerca de ninguna cuestión sobrenatural. Para empezar ni siquiera considera el origen del Universo. La teoría no habla —mucho menos es “testigo”— de ninguna aparición primordial. La imagen popular e incorrecta del “Big Bang” es la de un Universo “surgido” de una “gran explosión” [6], pero es obvio que para que se produzca ese estallido algo tiene que explotar. La teoría solo habla de la expansión (que no exactamente “explosión”, como calificó despectivamente Hoyle) a partir de un estado que ni se describe porque la matemática del infinito falla estrepitosamente. Sigue faltando una explicación contrastable de esa fase inicial o previa, a pesar de las modificaciones y ajustes sufridos desde tiempos de Fridman y Lemaître. Hay muchas propuestas, algunas bastante imaginativas rozando lo fantasioso, todo por ahora en el terreno de lo hipotético. La expansión del Universo cuenta con evidencias notables. No solo tenemos el movimiento de separación de las galaxias, medido de distintas maneras a estas alturas, también la comprobación de que los porcentajes de los elementos más abundantes en el Universo (hidrógeno, helio) coincide exactamente con lo que se predice de la expansión de una densa “sopa caliente” de neutrones, protones y electrones, o el descubrimiento en 1965 de la radiación de fondo de microondas, prueba del momento predicho de aparición de los primeros átomos, unos 380 mil años después del comienzo de la expansión. Pero nada dice la teoría sobre el origen, que permanece inalcanzable a toda comprobación empírica.

En cuanto a la “deducción bien fundamentada” del discurso del Papa, no hay deducción lógica posible de lo que sugiere. Kant mostró que era imposible pasar del pensamiento puro a la existencia. El motor inmóvil, las cinco vías, el argumento ontológico, las mil y una variantes de lo mismo, todo son juegos de palabras, un ejercicio de elucubración encerrado en el interior de las fronteras del pensamiento. Un inútil desgaste interminable, como intuyó el Buda. Pero es que además la deducción sugerida es conceptualmente innecesaria. Al perseguido y censurado por tirios y troyanos Baruch Spinoza le bastaba el Universo, le sobraba “todo lo demás”. Laplace afirmó lacónicamente que no necesitaba hipótesis adicionales. Un ente exterior al Universo es ontológicamente superfluo, lo cuál no impide afirmarlo si así se desea, es decir, por fe. Lo sobrenatural, inalcanzable para los vivos y sus instrumentos, no es demostrable ni indemostrable, ni mediante métodos empíricos ni, desde luego, con puras palabras. Pertenece al ámbito de la creencia, cosa que no es ni buena ni mala, simplemente es lo que es. Mezclar fe y ciencia intentando establecer entre ellas una capciosa continuidad lógica lo único que consigue es tergiversar ambas, como apuntó aquel razonable sacerdote belga. Admirando la magnificencia de las galaxias a través de las imágenes de un gran telescopio [7] unos pueden sentirse insignificantes y otros, sin duda, ver a Dios. Ambas posturas no son incompatibles ni dicen nada sobre la evidencia comprobable de ningún ente sobrenatural. Una cosa es inspirarse y otra muy distinta demostrar. Aferrarse a argumentos cientificistas o pseudofilosóficos para autoconvecerse de lo que no se es capaz de sostener por la fe es como mínimo lamentable. Pero utilizarlos para intentar convencer falazmente a otros, no digamos si, además, hay intereses no declarados, se llama fraude.

La bella y enigmática ‘galaxia del sombrero’ en una fotografía de alta resolución. [7]

El concordismo es una doctrina nacida en el siglo XIX que intenta conciliar la infalibilidad bíblica (inerrancia) con los datos de la ciencia. Hacer compatibles ciencia y fe es cosa totalmente distinta a intentar demostrar lo indemostrable a partir de argumentos científicos. Sorprende que a estas alturas, cuando ya estaba todo dicho, veamos una avalancha de teologismo cientificista, esencialmente ajena a nuestra cultura europea. Cuando un tal González-Hurtado, que lleva proliferando en redes digitales y medios españoles desde finales de 2024, afirma con una contundencia impropia que el Big Bang prueba “científicamente” la existencia de Dios, hay que recordarle que ni el que lo inventó, que nombra en sus libros ocultando este dato, aceptaba esa falacia. Hay que hablar de esta clase de personajes que, cuando nadie los esperaba, están surgiendo como setas. Todos ellos comerciantes de un producto, sea material o ideológico. Todos ellos de una especie sospechosamente parecida a la de los apologetas neocreacionistas norteamericanos, con intereses muy lejanos a los de esclarecer honestamente cualquier tipo de hecho científico o de cualquier otro tipo. Hay que hablar, por ejemplo, de los franceses Bolloré y Bonnassies, quizá los que levantaran la liebre en Europa (todos les copian). Y aunque puede que se trate de otra subespecie, habrá que señalar también al buen doctor Manuel Sans Segarra que, con una intensa campaña sustentada en su legitimidad científica (cirujano jubilado), vende historias del más allá en un guiso trufado de falsa física cuántica (un clásico de las pseudociencias), como ya habrán averiguado los que leyeran el artículo anterior si investigaron cuál fue el libro más vendido en Editorial Planeta durante 2025 (en ‘no ficción’). Todos ellos han creado escuela y estamos en un momento de expansión de estas tendencias. Ya no se trata de pseudomedicina palmariamente indefendible ni de ridículas caras de Bélmez. Estamos hablando de un teologismo falaz de importación con envoltorio de grandes argumentos. Un fenómeno por aquí nuevo del que no sabemos las verdaderas intenciones, pero sí sus resultados en otras latitudes. En siguientes entregas intentaremos conjeturar a qué podría responder esta ola de místicos pseudocientíficos aparecidos de un par de años o tres a esta parte. Y de cómo se les está dando pábulo abundante. Que es lo que realmente hace levantar la ceja.

Julio Álvarez Jiménez, 19 al 26 de agosto de 2026

Notas:

[1] Anguttara Nikaya 4:77: https://www.bosquetheravada.org/blog/2008/05/16/an-477-acinteyya-sutta-discurso-sobre-los-impensables/ Más información: https://es.wikipedia.org/wiki/Las_preguntas_sin_responder_de_Buda

[2] ‘Hubble Reveals Observable Universe Contains 10 Times More Galaxies Than Previously Thought’. https://science.nasa.gov/missions/hubble/hubble-reveals-observable-universe-contains-10-times-more-galaxies-than-previously-thought/

[3] William Huggins ya había demostrado el corrimiento al rojo de la estrella Sirio cincuenta años antes y desde entonces se habían realizado distintas medidas en ese sentido, sin darles una coherencia. El mérito de Hubble es haber sistematizado esas medidas, haber hallado por primera vez la correlación con la distancia a las respectivas galaxias, que ya tenía medida gracias a las variables cefeidas, y por tanto haber podido enunciar de forma consistente la expansión del Universo.

[4] Pio XII, 1951, ‘The Proofs for the Existence of God in the Light of Modern Natural Science’, https://www.pas.va/en/magisterium/servant-of-god-pius-xii/1951-22-november.html

[5] De Felipe, P. 2015. ‘Georges Lemaître's 1936 Lecture on Science and Faith’. Science & Christian Belief, 27(2): 154–179. https://www.cis.org.uk/serve.php?filename=scb-27-2-felipe-bourdon-and-riaza-2.pdf

[6] En el ‘Estudio de la Fundación BBVA de Cultura Científica en España’ publicado en enero de 2026, una de las cuestiones ofrecidas para responder como verdadero/falso fue “El universo comenzó con una gran explosión”, que los propios encuestadores etiquetan como verdadera, a la que responden como “correcta totalmente” o “correcta probablemente” un 79% de los encuestados, frente a un 12% que contesta como “incorrecta” y un 9% de NS/NC. https://www.fbbva.es/noticias/estudio-opinion-publica-cultura-cientifica-interes-conocimiento-ciencia/

[7] Para una magnífica galería de bellas imágenes de galaxias a alta resolución, véase la página del telescopio espacial Hubble: https://science.nasa.gov/mission/hubble/multimedia/hubble-images/

Artículos anteriores de esta serie:

Neocientifismo teológico

El hombre que dibujaba triángulos y el eclipse de la razón

Del tercer ojo a las patrañas del siglo XXI

 

I

 

 

 

 

No hay comentarios

Ediciones de La Plazuela - El Afilador

¡Nuevo!
Agotado