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Miguel Valdovinos vestido para las Jornadas Medievales de Sigüenza
Valdo vestido para las Jornadas Medievales de Sigüenza

"Cuando solo recibo noticias de la muerte" (J. Sabina. Nube negra).

Hace un par de días, cuando iba a sacar a la perra, sonó un whatsap en mi móvil. Era mi amigo Juan Lizasoaín para decirme que había muerto Valdo. A los que sois de Sigüenza no os tengo que explicar lo que era Valdo: una institución, una persona insustituible, él solo podía llenar la Plaza Mayor como si fuera una multitud y cuando no estaba era como si faltase una de las columnas de los soportales. Y su desaparición definitiva es como si se hubieran llevado al Doncel de su capilla. 

Todos sabíamos que esta noticia iba a llegar más pronto que tarde, pero darnos de boca con ella nos deja tambaleándonos como tentetiesos. Nos queríamos aferrar a que mientras él viviera, para nativos y veraneantes –que hace tiempo que nos fundimos en un mismo colectivo– Sigüenza seguiría siendo la de siempre, la que amamos desde hace tantos años. Y en ella Valdo ocupaba un lugar inabarcable que ahora será imposible de llenar.

Los que peinamos canas todavía tenemos la imagen de la piscina antigua, La Rosaleda, cuando él y otros cuantos amigos puestos en fila se agarraban al borde moviéndose al unísono para adelante y para atrás, provocando un oleaje que nos hacía soñar que estábamos en medio de una tempestad en alta mar.

Cuando yo todavía era joven y mona él era el feo más estupendo de Sigüenza, con su metro noventa y ese cuerpazo de escultura griega que para sí lo quisiera el Discóbolo de Mirón. Pero sobre todo con esa alegría incombustible, ese sentido del humor inteligente, esa manera de hacernos olvidar a todos las penas y los malos rollos sin echarnos las suyas encima, que también las tuvo, como todo el mundo, aunque pareciera que el dolor no iba con él. Nunca le vi de mal humor, nunca le vi enfadado ni dando a nadie una mala contestación. Valdo era, como diría Machado “en el buen sentido de la palabra, bueno”.

Primero en El Duende –dónde solo con entrar ya te colocaba el olor a yerba– y luego en El Remolino, nos daban las tres y las cuatro y las cinco y las seis, nunca nos cansábamos de reír, de bailar, de cantar con Valdo a la guitarra o tocando ese saxo que él mismo fabricó con tubos de PVC y al que milagrosamente le conseguía arrancar algunas notas.

Este verano estuve con él –o con lo que quedaba de él– un par de veces. Ya no había nada de su cuerpazo, ni de esos abrazos de dos vueltas que te daba con sus brazos kilométricos. Pero todavía quedaba un resquicio de su humor, un recuerdo de aquella complicidad que siempre hubo entre nosotros y una luz de ternura en sus ojos casi sin luz.

Siempre en nuestra memoria, querido Valdo. Gracias por tantos buenos ratos. Por haber estado en nuestra vida.

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El 16 de septiembre de 2026 fallece Miguel Valdovinos Trigueros (Valdo).

 

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