Los días 8 de marzo suelo acordarme de la figura de Clara Campoamor, tan manoseada desde que se recuperó, lamentablemente hace tan poco, del olvido de la historia.
Admiro a Campoamor por varias razones, igual que admiro a otras heroínas –usemos el cliché– que lo fueron, no por ser unas adelantadas a su tiempo, tópico innecesario, sino por haber sido capaces de verlo desde fuera como herramienta intelectualmente audaz para su comprensión. Hannah Arendt, por ejemplo, teorizó los totalitarismos según se estaban produciendo, un ejercicio que exige una privilegiada capacidad de abstracción para poder situar un fenónemo completamente nuevo en la historia en un marco universal, a prueba de los prejuicios propios del 'zeitgeist' que a cada uno le toca vivir. Hannah, siendo además judía, tuvo el mérito añadido de mantener un exquisito y elevado rigor intelectual mientras luchaba por esquivar en primera persona los efectos del propio sujeto de estudio. De nuestra Clara, es decir, Carmen Eulalia Campoamor Rodríguez, que en muestra de cariño toma el nombre por el que se le conoce de su hermanita fallecida, admiro en primer lugar su trayectoria vital. Como no puede ser menos de todos aquellos, hombres o mujeres, que se hacen a sí mismos partiendo de las más humildes cotas, especialmente cuando es con generosidad e idealismo, rasgos tan caros de ver.

Admiro de Campoamor, por ejemplo, que con 33 años todavía no tuviera el bachillerato ya que a los 10 abandona la escuela para arrimar el hombro en casa, cuatro hermanos y la madre, humilde modista, recién enviudada, pero que tan solo tres años después no solo lo tuviera, aprobado en menos de un año (30 asignaturas en 2 convocatorias), sino que, además, se sacara la carrera de derecho en otros dos. Una superdotada, Clara, o más bien habría que saber a qué dedicó su escaso tiempo libre todos esos años de juventud hasta que empieza el bachiller en 1921, mientras había sido modistilla con su madre, telegrafista, profesora de taquigrafía, secretaria del diario 'La Tribuna', pluriempleada en varias ocasiones para llevar una peseta más a casa, con residencia inestable en destinos diversos por varias regiones del país. Una pista es que en 1916 ingresa en el Ateneo de Madrid, institución que daba cobijo a los intelectuales más prominentes, al que pertenecían figuras como Unamuno, López de Ayala, Azaña, Marañón, etc., con los que interacciona de tú a tú en numerosas tertulias y charlas informales. No hay datos suficientes sobre lo que hizo en los ratos libres de su juventud, pero cabe imaginar que no se quedó de brazos cruzados y que dedicó un esfuerzo personal notable a su formación intelectual, sacando tiempo precioso del que apenas tenía para ganarse el pecunio. Gracias a aprender francés en ese tiempo, vive de las traducciones y escribe varios de sus libros en el idioma de Moliere cuando, por fin, tiene que huir del país para poner a salvo su vida en aquel trágico verano de 1936. Admiro profundamente a los que alcanzan un nivel cultural elevado, porque adquirir cultura no es una labor gratuita, sino que supone un esfuerzo personal considerable, y cuando alguien lo consigue sin ninguna ventaja de partida, como la de tener la vida resuelta de nacimiento, me quito el sombrero directamente. Pertenece, doña Clara, a esa raza indomable de espíritus autodidactas que son una de las mayores fuentes de inspiración que podemos encontrar en esta humanidad nuestra, a veces tan poco edificante.
Admiro también a Campoamor, por supuesto, por su lucha feminista. Aunque durante décadas fue casi completamente ignorada, hoy día son ya muy conocidos los acontecimientos ocurridos en las cortes españolas desde que, como diputada, interviene por primera vez el 1 de septiembre de 1931, hasta la aprobación del sufragio femenino el 1 de octubre y su posterior inclusión en la constitución de diciembre del mismo año. Los lamentables partidos políticos actuales, más lamentables aún que los de entonces, siempre, todos, por definición, ávidos de oportunismo, han tergiversado hasta la saciedad aquel episodio de nuestra historia, ora para apropiarse del personaje, ora para manosearlo como arma arrojadiza hacia los contrarios, ora para decir que son más feministas que nadie según el comportamiento histórico o inventado de los respectivos y supuestos grupos afines de entonces, como si malas razones fueran amores, en lugar de las obras en sí. Una señal más de que todavía no se han enterado de nada.

Como no guardo temor a que se me llame machista, es decir, tengo claro lo que no soy, y esto no es una autoafirmación sino una pista para los del párrafo anterior, también admiro en ese mismo sentido a hombres, es decir, machos de nuestra especie, como a Emilio Alcalá-Galiano por proponer el 9 de marzo de 1908 el voto femenino por primera vez en las cortes españolas, y a Francisco Pi y Arsuaga por la defensa que hizo de esta propuesta, que fue rechazada por el pleno. O al ministro de Instrucción Pública, Julio Burel, que en 1910 legisla, antes que muchos países europeos, que la mujer pueda acceder a la universidad, bajo reinado de Alfonso XIII, al cuál también puedo admirar, y tampoco necesito para ello ser ni monárquico ni borbónico, por algunos rasgos de su real persona que lo hicieron ciertamente adelantado a su época, como su amor por la naturaleza que lleva a la temprana implantación de la red de Parques Nacionales en España (1918). Y como tampoco soy fascista, y tampoco temo por tanto que se me tilde de tal, también admiro, o si se quiere agradezco, que un dictador como Miguel Primo de Rivera aprobara finalmente ese voto restringido de las mujeres en España el 8 de marzo de 1924, de algún modo semilla del derecho universal al sufragio en nuestro país. Por decir algo, y para que sirvan de ejemplos para conjurar la mezcolanza de las churras con las merinas, también admiro la coherencia intelectual y de acción de Lenin sin necesidad de ser comunista, o la finura del análisis sociológico de Marx sin tener que ser marxista, o el esfuerzo sincero por encontrar la más bella utopía, de Proudon, sin necesidad de ser anarquista, o la consolidación del parlamentarismo por los liberales sin tener que ser liberal. De lo llamado actualmente "socialdemocracia", es decir de la ideología del "como sí" (cf. Vaihinger), no puedo decir nada, por definición. Sin necesidad de ser, ya lo imagina el lector, "socialista" (perdón por las comillas, es lo que hay).
Porque lo que más profundamente admiro de Clara Campoamor, lo que más me inspira de su personaje y a la vez me indigna, no por ella, sino por las consecuencias que trajo para ella, es lo que no era. Aquello que todavía muchos se niegan a aceptar. Basten unos pequeños datos.

En su fulgurante carrera parlamentaria sigue luchando por la igualdad de derechos. Promueve, entre otras, la ley del divorcio. En las primeras elecciones en las que pueden votar las mujeres sin restricción (1933), paradójicamente Clara no sale elegida (no vamos a entrar en la chapuza de ley electoral de la Segunda República, sin duda una de las causas de su fracaso junto con la falta de separación de poderes políticos, ese mal endémico europeo). Tiene entonces una exitosa actividad como abogada, llevando por ejemplo varios casos de divorcio muy sonados por la posición social de los cónyuges. Mujer de convicciones, antes que feministas y en primer lugar, republicanas, en el sentido profundo y no ideológico del término ("el gobierno de las leyes"), dimite de su partido, el Republicano Radical, a raíz de la represión sin garantías constitucionales que ejecuta el gobierno, que encabeza su jefe Alejandro Lerroux, por el levantamiento de Asturias de 1934. Pediría después a Casares Quiroga su ingreso en el partido Izquierda Republicana, pero le fue denegado. Fue su último intento de seguir en política.
Estalla la guerra en 1936. Clara está en Madrid. No voy a describir aquí los hechos subsiguientes. Solo diré que hay dos testimonios imprescindibles de los últimos momentos de la República, difunta ese 18 de julio por más que mantuviera el nombre, y de los primeros compases de los tres años fatídicos que siguieron al fallido golpe de estado de aquellos generales que vivían, en sus caletres, todavía en la Restauración y en la tradición belicosa africanista. Me refiero, en primer lugar, al texto fundamental de la propia Clara Campoamor, escrito en apenas un mes, todavía impactada por lo vivido, en Lausana, Suiza, nada más exiliarse al final de ese verano: "La revolucion española vista por una republicana". Nótese, de paso, que no lo titula "... visto por una feminista", que es buena pista ya desde el título. Es el primer texto en primera persona que se escribe sobre esas semanas, que resultarían iniciáticas para todo un pueblo, por más que a estas alturas todavía haya quienes no quieran admitir a qué me estoy refiriendo. El segundo es el de, igualmente digno de admiración, Manuel Chaves Nogales, otro olvidado que últimamente se ha ido rescatando, y su "A sangre y fuego", además de su producción periodística en el exilio. Si no han leído ninguno de esos dos textos, opino que es obligación de todo español consciente de su país hacerlo, no lo puedo decir más claro, además de un homenaje digno para esos dos testigos imprescindibles de nuestra historia, que la sufrieron con crueldad en sus propias carnes por las mismas razones, que enseguida veremos.

Hasta aquí la puesta en situación. Ahora, los datos. Clara se exilia temerosa de su vida al ver que a los propios compañeros de formación política los están amenazando, habiendo sido ya fusilado alguno. La mayor mentira que persiste de la Guerra Civil es que lucharon Republicanos contra Nacionales. Ni los unos eran lo uno ni los otros lo otro, y esto da para meterse en muchos pantanos, cosa que no voy a hacer ahora. Clara sí. Clara era republicana. Republicana Radical, como rezaba incluso el partido al que perteneció. Partidaria de la República de las Leyes, que pregonara James Madison. Preconizadora de las reglas del juego por delante y antes de las jugadas (ideológicas en el mejor de los mundos posibles, partidistas en la realidad cruda y chabacana de entonces y de ahora). Los demás, no. Los demás estaban a lo suyo. A arrimar el ascua con cualquier arte al alcance, legítimo o no, con violencia si es necesario, por delante de hacerlo en buena y justa lid, es decir, civilizadamente. El primer dato es que Campoamor tiene que salir huyendo de las checas, de las milicias armadas, del sinsentido revolucionario de consigna importada (como la contraria; otro día hablaremos despacio del “maspapismo” ibérico). Su objetivo es Suiza, y sale en barco, recalando en Italia. El segundo dato, y van a ver que no necesitaremos más, es que allí la detienen los fascistas ante una denuncia de los falangistas españoles, que habían dado orden de asesinarla. Milagrosamente la dejan pasar, y llega a Suiza poco después. Ya ven ustedes. Datos. Datos simples y contundentes de una vida. Doña Clara Campoamor Rodríguez era perseguida por los Hunos y por los Hotros (gracias, don Miguel). No hay más que añadir, señoría.
Acostumbrados, más bien adoctrinados, al paradigma izquierda-derecha, es muy difícil encontrar un discurso independiente. Habrá quien confunda independencia con equidistancia, típica forma de pensar del que no es capaz de salir del esquema o de quien no desea dar ocasión a que haya vida fuera de él. Equidistancia implica que hay dos extremos y que te has de situar en el medio, sin salirte de la linea que los une, definida por los poderes vigentes en su muy personal interés. Independencia es otra cosa. Independencia es ver esa linea desde fuera, como ve un paleontólogo a un fósil examinando la superficie de la piedra que la contiene. Como si se tratara de una especie de dinosaurio, extinto hace 65 millones de años. Por lo menos.
Voy a hacer ahora una afirmación que no es más que producto de intuiciones y con la que se podrá estar de acuerdo o no. La mayoría de la gente es, de partida, independiente, es decir, ajena a la lucha ideológica. A la ideología más bien se nos arrastra. Cada ideología es una etiqueta y un señuelo. Es decir, una simplificación para transmitir en forma eficiente un conjunto de ideas, hoy día no porque crean en ellas los que las esgrimen, eso ya pertenece al pasado, sino como simple cebo puesto en un anzuelo en el que se espera, y no me cabe duda de que exactamente así lo piensan los que disponen la carnaza, que piquemos como despistadas merluzas (y merluzos). Dicho de otra forma, y metidos ya en la ecuación los intereses de los que las promueven, una ideología es tan sólo una manera fácil de propaganda. Lo que importa son las medidas políticas concretas. Cada medida vale para una situación específica en un momento específico. No hay fórmulas fáciles como solución simple, con pretensión de (falsa) universalidad, a todos los males. La vida real es, afortunadamente, mucho más compleja, y navegamos por ella gracias al mecanismo imperfecto de la prueba y el error y del reajuste constante. La extravagancia a la que se llega en el afán propagandístico ideologizado se pone de manifiesto cuando se constata que hasta las cosas puramente físicas como el "cambio climático" se les ha terminado por dar una asignación "ideológica". Se pueden poner mil ejemplos parecidos, a Huno u Hotro lado, que el lector tendrá en mente. Se trata de hacer paquetes. De hacer encajar propuestas, aunque sea a martillazos, dentro de sistemas enfrentados y cerrados que se quieren hacer ver como internamente coherentes a la vez que mutuamente excluyentes. Disimulando la artificiosidad del encaje por técnicas dignas del mismísimo Goebbels: la evocación del "negacionismo" fuera de su contexto original, que además es tema serio que así es ninguneado cayendo en lo que se acusa; la descalificación personal y otras maneras de despistar la atención como lamentable arma arrojadiza que tantas veces trabaja contra el que la usa ya que, obviamente, los ciudadanos no somos imbéciles; la constante y cansina negación de lo previo para hacer valer lo tuyo, a menudo tan mediocre como lo anterior; y tantas otras, todas vulgares y que llevan al hastío. Como si no se pudiera abogar, pongamos un ejemplo, por la energía nuclear a la vez que se pretende salvar las ballenas, y como no soy tampoco ecologista ni estoy afirmando con lo dicho lo que yo mismo pueda defender, no tengo tampoco problema en poner este ejemplo (sobre la etiqueta ideológica "ecologismo" se podrían escribir enciclopedias enteras). Se intenta reducir el supuesto debate político a que todos tengamos que encajar en unos pocos, idealmente dos, conjuntos conceptuales simples y enfrentados. El estás conmigo o contra mí de toda la vida, tan empobrecedor y, lo que es casi peor, tan cutre. Quizá lo más útil socialmente que pueda hacer en su fuero interno un ciudadano sea intentar comprender los mecanismos por los que se nos divide y enfrenta, raíz profunda de todos los males.
La obviedad de que las guerras las hacen los que ostentan el poder no hace falta ni explicarla. Los pueblos solo son arrastrados a ellas, en un paralelismo evidente con la política de facciones. "La guerra es la continuación de la política por otros medios", dijo Clausewitz, autor que, pongo mi mano en el fuego, no han debido de leer prácticamente ninguno de los políticos que salen en la tele, como sería su obligación; como demuestra el hecho, que ya estamos olvidando, de que antes de febrero de 2022 la palabra "geopolítica" o "geoestrategia" estaba restringida al uso por cuatro "friquis" en perdederos remotos de internet. Como dijo hace poco (inicios de 2024) en una entrevista el veterano exdiplomático español José Antonio Zorrilla, otra persona admirable por su sabiduría y que merece la pena oír y leer, España afortunadamente ha pintado muy poco en el mundo desde hace muchas décadas. Lo cuál, como contrapartida, ha permitido a nuestros políticos dormirse en los laureles de las relaciones internacionales durante, se está viendo ahora, demasiado tiempo. De ahí los constantes errores y bandazos en ese área, que los ciudadanos vamos viendo con cierto horror, cuando no directamente con vergüenza ajena. Lo llamativo es que, ahora, de repente, todos son grandes líderes internacionales, se deduciría de lo que les vemos hacer en el teatro televisivo. Como si la fruta cayera del árbol antes de que el frutal haya siquiera empezado a crecer. La política internacional es un concepto, en nuestros políticos, que, al final, cuando se han fijado en ella, ha servido para el más de lo mismo: marcar (pseudo)ideológicamente, no solo lo interno, sino también lo externo, todo para lo mismo: seguir vendiendo su producto caducado. Empezamos a sospechar que los pobrecicos no dan más de sí, qué quieren que les diga.
Nuestra horrible Guerra Civil también la hicieron ellos, llamémoslos así por contraposisición a nosotros, el pueblo. Ya digo que no me quiero meter en charcos excesivos, pero está claro que los que allí se enfrentaron fueron dos ideologías (con la virtud de que, al menos, aquellas todavía lo eran) abanderadas por dos facciones en litigio por el poder. El pueblo acaba por entrar al trapo en casi todas las guerras, no cabe duda, y es lógico sobre todo desde el momento en que hay muertos y culpables concretos asignables a un bando o a otro. Pero todo empieza por incitación previa, sin que medien todavía desgracias personales, y conviene repasar aquí el decálogo de Arthur Ponsonby sobre la propaganda de guerra, que sigue estando más que vigente, como demuestra lo vivido en los últimos dos años (escribo esto en marzo de 2024) en los que, mediante técnicas de manipulación de manual, nos van llevando al enfrentamiento cada vez más enconado, ya no solo nacional, sino también internacional. Este breve decálogo no estoy tan seguro de que no lo hayan leído nuestros próceres, al fin y al cabo son unas frases breves y facilitas que se pueden leer abandonando por cinco minutos la ingente "trabajera" que supone politiquear de lunes a domingo.

Es evidente que nuestra admirada Clara Campoamor estaba muy por encima de las luchas faccionarias. Ella buscaba la civilización, nada más, pero tampoco nada menos. Solo bajo ese prisma podemos comprender su lucha feminista: la plena admisión de todos los ciudadanos como tales, en completa igualdad de derechos. La mujer, o mejor dicho cada mujer, que no es lo mismo, como una más, simple y llanamente. Una nación de personas equivalentes ante la ley, sin poderes espúreos ajenos al mandato ciudadano. Pretensión que en realidad tampoco es tan cara, se trata tan solo de llevar las cosas al terreno del sentido común. Pero cuando el ansia de poder se mete de por medio y no hay mecanismos para contrapesarlo, todo se enmarrana y se malogra. El veneno inyectado por los poderes, en nuestro sistema por los partidos, impide pensar como ciudadanos. Mediante el pastoreo de las consignas, nos hacen creer que la política consiste en seguimiento de facciones. Es la política de la identificación (identitaria) con un señuelo, característica de los totalitarismos, especialistas en tocar el ánimo, que no la razón. El ciudadano anónimo vota cada cuatro años, más por rechazo o temor al contrario, divide y vencerás en plena acción, que en eso consiste el mecanismo, en mantener “prietas las filas”, que por convencimiento de que lo que se vota es realmente óptimo. Y así vamos tirando, unos resignados, otros aprovechando la supuesta legitimidad que les da el que todo tenga que pasar por su filtro. El problema es cuando alguno de los ciudadanos más conscientes da la cara y quiere elevar públicamente el deseo de estar por encima de las facciones. Eso es ni más ni menos lo que le pasó a Clara Campoamor. Todo se puede soportar, incluso los mayores desvaríos y absurdos ideológicos con las peores artes posibles, siempre y cuando sea cada uno en su lado, en el sucio barro del tú a tú. En el contrario se reconocían y se reconocen todos, como si fueran espejos de una misma realidad. Pero ¡ay! del que se salga de la linea. Del que no quiera participar del reparto, que es a lo que al final se reduce todo, sino denunciarlo o como mínimo explicarlo. ¡Ay! del paleontólogo que, aunque sea movido por la simple curiosidad, se le ocurra señalar los puntos sobre las íes del fósil viviente. Cuando aparece un espíritu libre, enseguida el dinosaurio se revuelve panza arriba. Con uñas y dientes muy peligrosos.
En los regímenes sin control del poder como el nuestro, poco a poco los llamados intelectuales y los líderes de opinión acaban todos por ser orgánicos, que diría Gramsci. Al que se sale de la linea le vienen los palos por todos los sitios. El resultado ha solido ser históricamente como mínimo el ostracismo. Y como las lentejas no se pagan solas, al final lo que tenemos es un empobrecimiento peligroso de la diversidad de opinión y del pensamiento crítico, con masas cada vez mayores de refrendadores del sistema aturdidos por los aparatos de propaganda cuasi-unánimes. En fin, cosas que ya estamos apreciando todos desde hace tiempo, a nada que se esté un poco atento al devenir del complejo mediático-político. Solo añadiré que está por escribir la historia de los pensadores políticos independientes, verdaderos héroes de sus épocas respectivas. A ver si alguien se anima.
Clara Camoamor no pertenecía a nadie, ni a los Hunos ni a los Hotros. Clara solo pretendió ser, y fue mientras le dejaron, una Ciudadana. Con todo lo que ese concepto conlleva, de poder y de responsabilidad, de grandeza y de humildad. Llegará algún día en el que los españoles podamos serlo, dejando de ser súbditos como ahora. No de un rey, ya está bien de viejos señuelos que se repiten para seguir manteniéndonos en el despiste. Sino de los que mandan, los que encabezan las facciones, de los poderes establecidos en aquel gatopárdico año de 1978. Que al menos tuvo la sensatez de la concordia, lo único positivo que aportó, cosa que, como no soy sospechoso de estar a favor de este nefasto orden de cosas, puedo reconocer también sin ningún problema. Concordia que, a estas alturas, también hemos perdido, resultado más que de actores concretos del desarrollo esperable de lo instaurado entonces. Somos presa de los productos de este régimen, abanderados por el chovinismo, la incultura política y el puro interés personal, en un sistema en el que la "medranda" nada tiene que ver con el mérito desde el punto de vista de las necesidades del ciudadano, sino con "otros valores" relacionados con la escalera de poder intrapartidista (y solo hay que ver el espectáculo lamentable cada vez que se avecinan votaciones a la hora de "repartir escaños" en las listas). Un sistema que ha terminado por estar alimentado por la mediocridad rampante de la clase política más lamentable de la historia, y no hablo solo en España, engordados por una ambición inevitablemente incontrolada y ajena al gobernado, como ocurre cuando el sistema se diseña de arriba a abajo, es decir, sin contrapesos nacidos del mandato ciudadano.
Es hora de que los españoles aspiremos, como Doña Clara, a ser ciudadanos. Para ello es imprescindible que les demos la espalda. A todos sin excepción. Empieza a ser cuestión cuasi de vida o muerte que empecemos a construir una sociedad política razonable, con el poder domeñado y a nuestro servicio, no al de ellos, en lo razonablemente posible. Necesitamos con urgencia tomar las riendas de nuestro propio destino antes de que, como en aquel verano del 36, nos lleven por el precipicio, a cuyo borde nos acercamos peligrosamente, sea en el valle del Ebro o en remotas estepas. Por incompetencia y por maldad, ahí queda dicho con todas las letras, por mucho que todos sean producto del sistema. Porque son legión los que están en él y no les suena a cebuano lo que estoy diciendo, mientras miran para otro lado y se visten gustosamente de los oropeles del poder (y sus ganancias). Por decirlo en palabras directas, los españoles estamos tardando demasiado en abandonar el caciquismo decimonónico, tan idiosincrásico a nuestras tradiciones, con esa raigambre feudal, basado en el agradecimiento del súbdito a las gracias otorgadas, valga la redundancia, graciosamente. Que, cuando no son ganadas, no son dignas, y como se dan se quitan, y tenemos ejemplos a paladas en los últimos años, y lo que queda por venir si no ponemos coto. No hay revolución sin tradición, dijo aquel inteligente y eficaz Vladimir Ilích. Pero hay tradiciones que son incompatibles con la civilización. El pueblo español necesita espabilar. Y perdonen que no les llame conciudadanos. Todavía no lo somos. Estoy seguro de que nuestra admirada Clara Campoamor estaría totalmente de acuerdo.
Julio Álvarez
Escrito 8 marzo 2023 y 2024, revisado 8 marzo 2025.
Totalmente de acuerdo con el artículo, Julio.
Desde “la figura de Clara Campoamor, tan manoseada desde que se recuperó, lamentablemente hace tan poco, del olvido de la historia” (una recuperación, en general, tan malvada o más que su olvido. Por si no era bastante vergonzoso y culpable).
Hasta la recomendación de dos lecturas capitales (los libros de C. Campoamor y M. Chaves Nogales) para empezar a entender los entresijos de una época y unos acontecimientos que no son los que nos acostumbran a contar los beneficiarios de parte. De cualquiera de las dos partes. Que se consideran únicas tan sólo porque cada cual necesita un enemigo que justifique las propias tropelías y le permita seguir con su cuento.
Por supuesto, la presentación del personaje y su puesta en contexto, en su momento, y en la actualidad.
Saludos.
Jesús
De la cizaña ya habla la Biblia. Debemos vacunarnos de ella. Gracias por leer, Jesús.
Estupendo artículo querido conciudadano.
Gracias por leer, querido aspirante a ciudadano.