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Nos vale cualquiera de las versiones de la alabanza que la “multitud celestial” canta ante los pastores, el problema del ‘Anthropois Eudokias’ (ἀνθρώποις εὐδοκίας), que ha sido señalado como la “tortura de los traductores”. Nos quedamos con que el breve himno angelical en Lucas 2:14 lanza un bello deseo: “Paz en la Tierra...” Un deseo de las huestes de Dios, nada menos. No puede ser deseo baladí. Y no vamos a entrar en si hace veinte siglos solo se tenía en cuenta a los ‘hombres’, como quisieran los que nos implantan lenguaje de arriba a abajo, tampoco voy a llamarlos “más ignorantes que un bolardo” que es lo que me pediría el cuerpo en otro momento. No hoy, que son días de paz. En todo caso lo interesante es la segunda parte, la coletilla eudóxica, la “buena voluntad”.

Pero López de Ayala. 1396. Anunciación a los pastores.

¿Quiso ser selectivo el Dios de aquellos judíos heterodoxos del siglo I? ¿Por qué desear la paz sólo a los que profesen una voluntad correcta, a los que son de su agrado en otras traducciones? ¿Dónde queda la universalidad del cristianismo paulino, dónde la otra mejilla? Los seguidores de aquel sedicioso extraordinario de la Judea romana, herejes de su fe previa, que quisieron ver en él un mesías profetizado, más aún, un Dios verdadero, ¿todavía guardaban un resto subconsciente de su autopercibida singularidad como pueblo?

No vamos a revisar aquí las opiniones de historiadores y filólogos bíblicos. La figura de Jesús de Galilea eclipsa por sí sola muchas de las interpretaciones posteriores a su vida. Incluida la de los propios evangelistas, amanuenses incompletos al fin y al cabo, atrapados en su objetivo principal, en primer lugar teológico. Nos interesa el mensaje, independientemente del origen: “Paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad”. Profundo, inapelable, misterioso y bello.

¿Tienen buena voluntad, por ejemplo, aquellos que ahora dicen, es la moda, que hay que celebrar el solsticio, no la Navidad? O hablar de "vacaciones" para no ofender a nadie, como sugirió hace poco aquella comisaria de la Unión Europea. La Unión Europea, ese antro que, sin duda, habría que destruir cuanto antes, con paz y amor, por supuesto, pero cuanto antes. Son ellos o nosotros, es una ecuación simple.

Anunciación a los pastores. Basílica de San Isidoro de León. Anónimo. Siglo XII.

No ofender. Vamos a dejar una cosa clara, sin faltar el respeto a nadie. No existe el derecho a no ofenderse. Las religiones hablan de blasfemia. Allá cada cuál con las normas que se quieran poner o se dejen poner sus propios creyentes, que en nada atañen a los demás. Hay más de 4000 religiones en el mundo, según una búsqueda rápida en internet sin contrastar demasiado. Lo que unas dicen puede ser blasfemia para otras, con lo que la cadena de ofensas tiene la potencialidad de resultar infinita. Una religión no es más que un conjunto de ideas, llamémoslas creencias. A veces más bien “ideítas”. Algunas de esas religiones dicen cosas como que Dios se apareció a los nativos norteamericanos y les reveló el Libro en el que creen. Otras dicen que les ha sido ordenado cumplir 613 mandamientos, ni uno más ni uno menos, entre los que se encuentran cosas como la manera de subir las escaleras, entre otras aún más ridículas. Si no quieres que me ría de tus creencias, no tengas creencias tan graciosas. Lo siento si se ofende alguien. No tienes derecho a que no te ofenda. Primero, porque no tengo la obligación de conocer las normas de esas 4000 religiones antes de ponerme a hablar, que es como decir antes de pensar. Y segundo porque toda idea es discutible, debatible, vilipendiable, risible o menospreciable. Las personas pueden ser respetables. O ni siquiera ellas, el respeto se gana o se pierde, sino sus derechos, para ser más exactos. Pero las ideas no. No más allá, como mucho, de la calidad de la argumentación que las sostenga. La civilización europea se construyó con uno de sus pilares asentado en el cristianismo, estamos de acuerdo. Pero también creció y se emancipó contra él. Es decir, criticándolo abiertamente. Dando rienda suelta a la argumentación libre. No lo olvidemos, porque esa es nuestra base más preciosa, y parece mentira que haya que recordarlo a estas alturas. Mi único límite a la hora de ofenderte es mi educación y mi sentido común. Pero es un límite mío, no tuyo, más allá de las obvias limitaciones que se pongan por ley en circunstancias o sitios concretos en aras del orden público (no voy a quemar un libro sagrado ante una celebración religiosa, por ejemplo, pero sí en mitad de un parque como manifestación de rechazo a tus ideas: ese libro tiene significado religioso sólo para ti). Tú no puedes imponerme lo que me hace gracia o incluso obligarme a aceptar lo que me puede parecer despreciable, porque religiones las hay de todos los colores y no todo lo que hay en todas ellas es edificante. Como las ideas mismas. ¿Se refería a eso el evangelista cuando apuntó lo de la “buena voluntad”? ¿Una especie de estás conmigo o estás contra mí?

Claro que hay mala voluntad en el mundo. Dicho así es una obviedad, pero con una derivada no tan obvia: ¿hay mala voluntad colectiva? ¿Se es malo por profesar una religión determinada? Malo quizá no, pero no hay religión que no afirme que la suya es la verdadera. Luego queda implícito para cada particular creencia que las demás son falsas. De declarar falsedad a apartar y excluir hay una linea muy fina. Incluso a temer. Porque ahí están las ‘fobias’.

Gaddi Taddeo. 1327. Anunciación a los pastores.

Por ejemplo, la aracnofobia. Si bien una fobia es un miedo irracional, podemos concluir, desde un punto de vista evolutivo, que puede llegar a ser un rasgo adaptativo. Ya sabemos que ahora la coletilla “fobia” se utiliza mal, todo es “fobia” para los parlanchines manipuladores, pero el término es el que es, aquí se intenta ser preciso. Lo que a menudo se quiere significar por “fobia” debería denotarse mejor por “anti-” o por “miso-”. Pero qué vamos a hacer, no podemos pedir peras a los bolardos. Una fobia, es decir, un miedo, en principio irracional, puede ser adaptativo, decíamos. Y el ejemplo de la aracnofobia es perfecto. La mayoría de las arañas son inofensivas, aunque es verdad que muchas especies tienen veneno. Pero para distinguir unas de otras habría que ser un aracnólogo, un zoólogo especializado en esos fascinantes animalitos, cosa que la mayor parte de nosotros no somos. Por tanto, es perfectamente lógico tener miedo a las arañas en general o a todo lo que se parezca. Nadie en su sano juicio se acuesta en su habitación tranquilamente si está viendo que hay una araña subiendo por la pared. Primero la echas, por si acaso. Y si no es de las peligrosas, pues qué vamos a hacer: tendrán que pagar justas por pecadoras como medida de autosalvaguarda. Lo interesante es que tal medida es totalmente racional. A pesar de nacer de una “fobia”.

Me he sentido fascinado o incluso conmovido por los coros cristianos ortodoxos en varias iglesias y catedrales de la gran Rusia; por la religiosidad humilde y sincera de los mayores acudiendo a una pequeña mezquita de barrio en un pueblo del Rif; por la introspección de los monjes en un santuario budista en Corea del Sur o por su voluntad de servicio en el monasterio de Erdene Zuu, cerca de la estatua monumental a Chinguis Jan, en mitad de la infinita estepa; por la pasión y la elocuencia de un pastor evangelista en un pueblo remoto del altiplano andino; por la masividad humana en los grandes santuarios chiítas de la ciudad sagrada de Qom; por una espectacular misa concelebrada de nombramiento de un nuevo obispo en Sigüenza. Y les voy a contar un secreto: en todos esos sitios, solo he visto una cosa: gente. Gente como usted y como yo. Gente normal y corriente. Sólo y nada más que gente.

¿Tienen buena voluntad los que ahora dicen que hay que celebrar el solsticio? ¿Y los que dicen que hay que filtrar la gente que entra a tu país en función de su origen, o más específicamente, según su religión? ¿Es lícito cerrar el paso indiscriminadamente argumentando que hay alguna araña ponzoñosa en lo que es, en su conjunto, una masa de gente, pura y sencilla gente? ¿Es lícita la postura laicista ―que no la laicidad― ante lo que no debería ofender a nadie, ante lo que debería dar igual si ofende, ante lo que, ante todo, no hace ni puede hacer daño? Temas de actualidad en este 2025 que está a punto de concluir. Temas algo espinosos que no resuelvo, que solo dejo apuntados, quizá para extenderse en otro momento. Temas que cada vez discutiremos con más enconamiento ya que nos vienen impuestos y dirigidos de arriba a abajo. Porque lo fácil es azuzar la división, la herramienta más depurada del poder. Y lo sabe perfectamente toda esta gentuza que nos desgobierna a todos los niveles administrativos. Perdón, una pequeña pérdida de papeles, no parece apropiado para las fechas. Aunque hay que tener en cuenta que una cosa es la buena voluntad y otra el pecar de imbécil. Que, al fin, también es un pecado.

El Greco. 1603-1605. La natividad.

Así que, déjennos en paz. Que se acaba el año y estamos en Navidad. Y por felicitar la Navidad jamás se ha hecho daño a nadie. Da igual que el deseo venga de un bello texto antiguo, con los matices y el lenguaje de la época, o de un contemporáneo cautivo en lugares comunes y corrección política. Porque un buen deseo siempre es de agradecer. Y si a alguien le ofende una celebración de alegría y un buen deseo, no tiene un problema religioso o ideológico. Lo que tiene que hacer es ir al siquiatra. Así pues, aprovechando las fechas, deseemos, porque la verdad es que lo vamos necesitando, que haya paz en la Tierra para todos los hombres de buena voluntad. Y también, superando a Lucas, para los que la tengan mala. Eso sí, sin dejar de intentar corregir esas cosillas, que si no los Reyes Magos van y te ponen carbón. ¡Feliz Navidad!

Julio Álvarez Jiménez

3 comentarios

  • Buenas tardes:

    Un buen deseo es de agradecer porque es como un trago de agua fresca. Por supuesto que no te crees que nunca más vayas a tener sed. Pero, mientras tanto, descansas y te repones.

    Lo que tampoco hay que hacer es olvidar aquello que cantaba L. E. Aute:

    “Que el pensamiento no puede tomar asiento. Que el pensamiento es estar
    siempre de paso”.

    Algo dificilísimo de mantener cuando hay más ortodoxias penalizadoras (perdón por la redundancia) que posibles transgresores.

    O sea, Feliz Navidad.

Ediciones de La Plazuela - El Afilador

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