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Opinión

Entre certezas y falsedades

Lo que antes llamábamos montajes o historias inventadas ahora lo denominamos con uno de los muchos anglicismos que nos invaden: “fakes”. Queda como más “cool”, pero no deja de ser lo mismo. Se trata de distorsionar la realidad, crear informaciones falsas y presentarlas como verdaderas, aprovechando las facilidades que ofrecen para ello Internet y las redes sociales.

El problema ya no es la proliferación de tantas falsedades, sino cómo evitar que se propaguen, incluso que se presenten como noticias reales informaciones manipuladas hábilmente para que sean reproducidas en los medios de información convencionales. Luchar contra los bulos y los rumores provoca, además, un estado de indefensión que desemboca en situaciones a veces rocambolescas.

Los avisos de que es un montaje –la palabra “fake” parece que le resta importancia al problema– puede evitar males mayores, sin embargo difícilmente consigue erradicar el daño ya ocasionado. Los controles tampoco están dando por el momento demasiados resultados, pues cualquiera es libre –con nombre falso  o usurpando la identidad de otra persona– de mentir y de alarmar sobre una realidad conflictiva, como la que estamos viviendo en Cataluña.

Por otra parte, la realidad actual, como es fácilmente constatable, pone en evidencia la labor clarificadora de los encargados de defender el buen uso del idioma. No hay más que darse una vuelta por Internet o hacer una pequeña escala en Twitter, Facebook para darse cuenta del mal uso del idioma y de la precariedad de recursos a la hora de exponer las opiniones y argumentos por parte de muchos usuarios. Comentar de oídas está incluso bien visto.

Pero lo realmente preocupante es la invasión de falsedades o informaciones tergiversadas que se “venden” como auténticas. En medio del caos, algunos aprovechan la oportunidad de atacar con mensajes inventados. Durante los incendios de Galicia, se dio como auténtica una información que adjudicaba a bomberos portugueses –que bastante tenían con sofocar el fuego dentro de su país– el trabajo que estaban haciendo los retenes y brigadas españoles.

Es cierto que esas informaciones fueron desmentidas, pero aun así todavía se sostiene la idea de que el Gobierno español no estuvo a la altura de las circunstancias, como sí lo habrían estado las autoridades portuguesas, que supuestamente habrían suplido el trabajo que aquí no se estaba haciendo.

Podría poner miles de ejemplos, pero no sé si merece la pena. Me voy a conformar con mencionar el extraño bulo que corrió el pasado verano, dentro del espacio geográfico de Paredes de Sigüenza, Barcones y aledaños. Se desató la alarma de que una pantera había hecho acto de presencia en medio de una rastrojera, como si alguien la hubiera traído en la maleta desde las sabanas de África. ¡Qué bonita historia para entretener a los vecinos de la comarca!

La persona que dijo haber visto a la pantera y que incluso de forma borrosa consiguió inmortalizarla en una foto –instantánea fotográfica que mostraba orgulloso mientras era entrevistado en una televisión local–, insistía en que él había conocido a muchos gatos en su vida, pero que el animal de cuatro patas que vio en los rastrojos era un felino demasiado grande. Mayor que un gato montés.

La historia de “la pantera” no parecía muy creíble, pero el miedo guarda la viña. Mucha gente acabó creyéndose la historia. Así, con este tipo de sucesos sin confirmar –o mejor dicho, con ese extraño avistamiento que corría de boca en  boca–, se construyó la antesala de la noticia. Una serpiente de verano para animar las tertulias.

Está claro que la pantera supuestamente avistada en los campos del norte de Guadalajara nunca debería de haber ocupado espacios destacados de televisiones, periódicos y radios locales. Pero los ocupó y se convirtió en la noticia más comentada entre la opinión pública durante aquellos días.

Les he contado esta historia, que por cierto nadie se molestó luego en desmentir, como podía haberles contado otras muchas que ocurren en las ciudades, aunque sus protagonistas suelen ser otro tipo de “animalitos”. Lo más próximo que recuerdo es el supuesto idilio de la presentadora y modelo Paula Vázquez y el secretario general de Podemos, Pablo Iglesias. Aquí si se produjo el desmentido por una de las partes, pero el rumor siguió agrandándose y la presunta pareja fue objeto de críticas y bromas en las redes sociales.

Aunque hayan pasado ya casi veinte años –creo que fue en enero de 1990–, corrió el bulo de que la actriz y Miss Universo, Amparo Muñoz, estaba ingresada en el Hospital Clínico de Madrid, luchando contra los anticuerpos del Sida.

Lo había publicado un periódico madrileño. Me tocó indagar y hacer las correspondientes pesquisas para el semanario “Tribuna” en el que entonces trabajaba, recorrí el Hospital de arriba abajo, visité la planta de los enfermos de Sida hasta comprobar que la actriz no estaba ingresada en ese  centro hospitalario.

Años después la víctima de otro bulo muy parecido sería Miguel Bosé y anteriormente Camilo Sexto. En este país de cotillas este tipo de maldades se extienden como la pólvora. Nadie parece tener en cuenta el daño que se ocasiona a las víctimas. Y menos mal que Amparo Muñoz rentabilizó la historia y le vendió por unos cuantos millones al “Hola” la exclusiva de que estaba en perfecto estado de salud.

Pero como la mujer a la que un policía le había partido todos los dedos de la mano durante el referéndum ilegal de Barcelona del 1 de octubre, o como los más de ochocientos heridos en las calles de la Ciudad Condal, que no aparecieron nunca, o los fotomontajes de la represión policial –para ellos “represión franquista”– que se hacían y se siguen haciendo con imágenes de archivo.

Pasen y vean, el engaño está servido.

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