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Historia

El obispo constitucional

El párroco de Chiloeches y el Pozo, don Alfonso Duch Cartañá, exdirector de la SAFA y excanónigo seguntino, acaba de publicar un libro sobre el Trienio Liberal en Sigüenza. Para ser más precisos, se trata de un estudio sobre la figura de nuestro obispo don Manuel Fraile durante aquellos años; el llamado “obispo político”. La metodología de este trabajo histórico se centra en mostrar antes que en juzgar; y por la cantidad de documentación aportada es mucho lo que se nos descubre, dejando campo abierto a nuestras interpretaciones.

Alfonso Duch es un erudito en el siglo XIX español, del que se ha leído toda la bibliografía publicada, además de actas y cartas particulares; y el que no emita juicios no quiere decir que el libro no abunde en ideas sobre aquel siglo bélico. La primera idea reseñable es que, de parte de la jerarquía de la Iglesia, hubo unos pocos obispos que vieron en la Constitución de 1812 una realidad más cercana a las verdades evangélicas que la conocida práctica absolutista; de modo que apoyaron convencidos dicha Constitución doceañista, cuánto más cuando reconocía a la Iglesia Católica como la religión verdadera. Otra idea importante para entender el siglo fue el sutil intento del liberalismo moderado por convertir a los clérigos en funcionarios del Estado, intentando que a través de la predicación fueran los verdaderos educadores del pueblo en los valores constitucionales. Esto ofrecía el peligro de querer organizar una Iglesia a su medida; y de haber tenido éxito se hubiera gestado una verdadera Iglesia Nacional al servicio del Estado. Queriendo hacer de los clérigos funcionarios, había realidades eclesiásticas que para los legisladores estaban de más, como eran los conventos y todos sus monjes y monjas apartadas del mundo y de la generación de riqueza. Es precisamente en la visualización del drama humano de los exclaustrados donde el libro nos abre una visión a las verdaderas entrañas de aquel siglo.

De hecho, uno de los personajes históricos que más impresionan es un exclaustrado, fray Francisco Carrascón, que escribe al obispo defendiéndose de las calumnias de sus delatores; y con serenidad hace recuento de su vida desde los años de la Guerra de Independencia. Recogemos aquí solo una muestra de su apología:

Podría recordarle [al Rey] mis fatigas, mis trabajos, y mis heridas recibidas gloriosamente y sin interés ni premio en defensa de la independencia, cuando alguno de mis acusadores servía quizás vilmente y adulaba al tirano de su Patria [Napoleón], y a sus satélites y esbirros  (…). Podría demostrar hasta la evidencia que únicamente el amor a mi Patria, el de ahorrarle la asignación que me tiene señalada, y el contribuir a la ilustración pública del modo que me era posible, han sido las causas que me obligaron a dejar una vida cómoda y regalada por la muy laboriosa y muy amarga de cura párroco. Y, en fin, podría desafiar a los delatores a que expusiesen una sola orden que yo no haya obedecido, o un solo artículo en que ellos se hayan mostrado más liberales, más constitucionales, más enemigos del despotismo descubierto o enmascarado, que su acusado o delatado.

Otra idea claramente expuesta es la fuerza de la reacción, y la implicación de los clérigos absolutistas en los levantamientos armados. Y aquí es donde la ciudad de Sigüenza se singulariza por causa de la asonada que obligó al envío de un batallón militar desde Guadalajara. Y entrando dichas tropas por las puertas de la ciudad, entre la calle Yedra y la de Guadalajara, se produjo un enfrentamiento entre el pueblo, a pedradas, y los soldados, con sus fusiles, que se saldó con dos muertos, uno por bando, y la retirada de las tropas extramuros. Este suceso, que pasará al arsenal de anécdotas de nuestros guías turísticos, invita a la reflexión sobre la imbricación seguntina tradicional entre el pueblo y sus pastores.

Don Manuel Fraile, que fue diputado en Cortes durante los años de su prelatura, tuvo que defenderse de quienes le acusaban de haber permitido el levantamiento. En realidad, cursaba él su visita pastoral en los límites de la diócesis, y le cogió por sorpresa. La preponderancia del bando absolutista en la capital diocesana sin embargo era manifiesta. Todo el Cabildo era absolutista y solo el párroco de San Pedro era un liberal exaltado.

El Trienio Liberal (1821-24) removió las entrañas revolucionarias del país, todavía bajo los efectos de la resistencia a las tropas francesas, que ahora con los Diez Mil Hijos de San Luis devolverían el absolutismo. Nuestro obispo no fue represaliado, lo que es índice del talante moderado que debió de mostrar en la corte, manteniendo una relación amistosa con Fernando VII. Es conocido que este monarca, de paso por Sigüenza, le encargó la terminación de las obras de Santa María, después de que las mujeres del Arrabal le ayudaran a sacar del barro la carroza real atascada con la reina dentro.

El mundo de los diputados, el de los jefes políticos (especie de gobernadores provinciales), el mundo más secreto del Cabildo catedralicio, se hace presente al lector a través de circulares, decretos y respuestas, en un testimonio apasionante de la vida decimonónica, donde las comunicaciones eran lentas pero continuas. Es mucho lo que podemos entrever de aquel tiempo, pero es la personalidad de don Manuel, en especial a través de sus cartas pastorales, la más fielmente reflejada. He aquí una muestra de su pensamiento:

Casi no dudo que en los pueblos de esta Diócesis son tan generales y ardientes los deseos de paz y unión, que me persuado a que hubieran corrido apresuradamente a poner en mi consideración el sacrílego crimen de cualquier presbítero que, abusando de su ministerio, hubiera pretendido convertir la cátedra del Espíritu Santo en una tribuna, o cambiar la túnica inconsútil de Jesucristo, de amor y de paz, por el ropaje de un perturbador público, diseminador de venganzas y distribuidor de puñales.

En el horizonte histórico se anunciaban ya las guerras carlistas.

José M.ª Martínez Taboada
Fundación Martínez Gómez-Gordo

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